Un poquito de rock, muchachos

¡Un poquito de rock, muchachos!

Cuando tiempo atrás Leslie Shaw soltó aquello de que el rock ya había pasado de moda, las voces de indignación y sorna se manifestaron en la escena opinóloga peruana. Sus palabras, sin embargo, desempolvaron un asunto pendiente: ¿seguía siendo relevante el rock? Mucha gente compartía los dichos de la cantante, ¿por qué? Los fenómenos populares encuentran su legitimación y explotación a través de los medios masivos de comunicación. La moda resuena 24/7 en las radios, se visualiza en la televisión, se baila en las discotecas, circulan por Facebook, Twitter e Instagram. Si a los Leslie Shaw del mundo los grandes medios no les escupen rock, es normal que hayan asumido su defunción.

En Perú, proyectos como Vivo X El Rock demoraron en consolidarse. Bandas nacionales se consagraban codeándose con importantes artistas internacionales. El evento, además, ha venido funcionando como trampolín para las nuevas bandas locales. Sin embargo, esto no es más que una isla frente a un escenario adverso. Los medios masivos de comunicación han sido enemigos declarados del rock. Nuestra radio nacional, necrofílicamente aficionada por el rock ochentero extranjero, se ha negado a brindar su apoyo a los talentos locales. Y ni hablar de la televisión. En tiempos de dictadura de visualizaciones, las bandas locales se vieron empujadas a jugar en el terreno de los monstruos YouTube, Spotify e Instagram. Presentarle batalla al dictador es digno y rescatable, sobrevivir es la verdadera hazaña.

ADAPTACIÓN Y TRASCENDENCIA

Desconocía el público el pasado rockero de Shaw, presentación en Viña del Mar incluida. Paulatinamente la cantante abandonó el rock y con la mente puesta en los grandes medios, volvió su vista a otros caminos. La vimos andar largo trecho por la recta del pop para finalmente alojarse en el nuevo hogar urbano. Aquí la vimos conseguir notoriedad. La música urbana ha sido la preferida de los medios. Si la meta es el estrellato, este camino es la mejor de las opciones.

Existe una frase que hoy es objeto de burla: «el rock es cultura». Esta, a pesar de lo caricaturesco, es una gran verdad. El rock es al mismo tiempo inconformismo juvenil, puestas en escena desquiciadas, ataques al poder hegemónico y como suele resumírsele: una actitud ante la vida.

El rock ni ha pasado de moda ni ha muerto. Se ha adaptado. El rock trasciende todo género musical. Hoy en día quienes cumplen los requisitos para considerarse rockstars son los artistas del movimiento urbano angloparlante. La actitud rockera se encarna en la nueva escena del trap. Los conciertos son explosivos y los fans se entregan al delirio del mosh pit. Man, I feel just like a rockstar, confiesa Post Malone.

Pero no es para quedarse en la pura pose. El rock siempre aspiró a ir más allá del sexo, el alcohol y las drogas. El rock como contracultura fue muchas veces un proyecto contestatario. Señaló los crímenes y los errores del sistema.

Si su lírica fue sólo una de sus armas de asalto, otra fueron sus puestas en escena. La televisión con todo y lo oxidada que hoy en día puede estar, continúa siendo una importantísima plataforma para hacer llegar un mensaje. Nuestros rockstars modernos, sin embargo, y me refiero a los pocos que han decidido aventurarse televisivamente, no llegan a comprender su importancia en la lucha por la hegemonía cultural.

La incómoda presentación de Migos en el programa de Ellen Degeneres allá por el 2017, es un ejemplo del nulo interés por un proyecto contestatario. No les exigimos actividad política a los Migos pero la condescendencia ante la censura de sus letras (que, digámoslo todo, ninguna intención política tienen) es alarmante. La televisión se vuelve un espacio para abrazar al poder dominante y no, como debería ser, para atacarlo.

Presentaciones como esta es moneda corriente en el mundo televisivo estadounidense. Tyler the Creator, uno de los artistas urbanos más controversiales en la actualidad, cayó en el mismo juego televisivo, autocensurándose sin ruborizarse:

¿Pero hacia dónde intento llegar con estos ejemplos? Intento generar una interrogante para todo aquel que lea estas líneas: ¿Cuánto durará este pacto de no agresión? Los artistas urbanos se han mostrado demasiado condescendientes con los medios de comunicación. Se han servido de ellos para ganar audiencia. Los han utilizado. Es momento de dejar de ser manipulados.

A MOVILIZARSE

Un nuevo objetivo debe ser trazado. Hemos visto cómo el movimiento urbano ha ocupado los carteles de los festivales más importantes al rededor del mundo, lugares antes prohibidos para él. Y no solo hablamos de los mega artistas angloparlantes, los máximos exponentes de la música urbana en español como Balvin y Bad Bunny se apoderaron de los Tomorrowland y Lollapalooza. Conseguida la legitimación cultural llegó su turno para atacar desde adentro y remecer la simientes de la cultura popular ¡Un poquito de rock, muchachos!

Los Leslie Shaw del mundo asumen la muerte del rock porque no han logrado ver más allá de sus narices. Los puertorriqueños, Bad Bunny y Residente, se involucraron en las protestas de su país, Mon Laferte incursionó en el «reggaetón protesta» a raíz de la revolución chilena. Eso es rock. Eso es cultura y contracultura.

Los Leslie Shaw del mundo no ven el rock porque no están dispuestos a actuar políticamente. La camiseta militante de Benito en el show de Jimmy Fallon (no tan violenta como las usadas por Residente en los premios MTV del 2009) fue un uppercut a los apolíticos anquilosados en su zona de confort. No es tirarle flores a Bunny, ni mucho menos endilgarle la responsabilidad para liderar un movimiento (él ya nos ha dicho que hace lo que le da la gana), sino que sus actitudes den pie a que los nuevos artistas del género puedan hacer oír su voz de inconformismo. Burlar la censura de la televisión y exponer la hipocresía de los grandes medios de comunicación, son algunas de las formas por las que se ganarán con todas las de la ley el epíteto de rockstars.

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